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Fotografías: "El Museo del Enervante" las "camisetas blindadas" de Osiel Cardenas y las armas extravagantes de los Capos

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Uno de los recintos de exhibición menos conocidos en el país es el Museo del Enervante, que destaca de otros lugares similares por mostrar objetos personales de los narcotraficantes que alguna vez fueron considerados los delincuentes más importantes de México y, de paso, dejan ver un poco de su personalidad excéntrica como: cinturones, ropa, armas y otras rarezas materiales que han atraído a miles a ese negocio ilícito.

El espacio es administrado por la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) y en su discurso temático se narra la historia del consumo de drogas desde tiempos prehispánicos, así como los inicios y el crecimiento de lo que se ha convertido en una industria trasnacional.

En estas paredes, por ejemplo, se encuentran las camisetas blindadas que Osiel Cárdenas Guillén, ex líder del cártel de Golfo y creador de Los Zetas, vestía en marzo de 2003, cuando fue detenido.


También detalla el desarrollo tecnológico y el ingenio que los militares tienen que emplear (como medir la presión de las llantas o poner atención en los rastros de óxido de los tornillos de las cajas de carga, de los tanques de combustible o las tapas de la puerta de un vehículo) para descubrir cargamentos o capturar a quienes participan en alguna parte del proceso del narcotráfico.

El recinto posee muestras de cada droga que existe y ejemplos de los más burdos o acabados trucos para ocultarlas: cuadros de madera, yeso o metal; figuras religiosas, muñecos de plástico o de peluche; leños o troncos de madera que a simple vista son sólidos, pero que fueron ahuecados y rellenados de droga bañada con alguna sustancia, como grasa de puerco, para minimizar el aroma del enervante.

Pero sobre todo destaca la sala denominada: “Narcocultura”, donde hay relojes con diamantes, brillantes y otras piedras preciosas o las armas bañadas en oro con las iniciales o las figuras representativas de sus propietarios: Amado Carrillo Fuentes, Joaquín “Chapo” Guzmán, Osiel Cárdenas y Heriberto Lazcano.

En poco más de 300 metros cuadrados de exposición y se localiza en el séptimo piso del edificio sede de la Sedena (Blvd. Manuel Ávila Camacho S/N. Esquina Avenida  Industria Militar, Col. Lomas de Sotelo, Código Postal.
Fuente.-(Imagenes/Internet)

Se entiende que las campañas presidenciales no son un buen momento para reflexiones profundas ni para el pesimismo. De cierta forma, las campañas son el triunfo del voluntarismo: nadie nunca ganó una elección diciendo que no hay soluciones fáciles ni obvias, que casi nada saldrá como se espera y habrá que intentar otra cosa. No, en el mitin, el spot, la entrevista, en el tuitazo de lujo, se debe repetir un mensaje sencillo y a prueba de balas: “yo triunfaré donde todos los demás han fallado” o, si se prefiere, “yo sí tengo todas las soluciones, soluciones innovadoras, maravillosas, hermosas, nunca vistas… sólo esperen a que me den las llaves”.

Luchar contra el voluntarismo es una tarea ingrata y francamente inútil. Y es por eso que en esta ocasión, en lugar de un sesudo análisis y una lista de recomendaciones/exigencias que no leerán, quiero ofrecer a los candidatos presidenciales un sólo consejo sencillo, gratuito y no solicitado: imitando al gran James Carville, que mucho sabía de mantener la disciplina de mensaje en una campaña, escriban y peguen en su cuarto de guerra un cartel que diga “la seguridad pública es un asunto local, estúpido”.

Es crucial mantenerse disciplinado con el mensaje. De lo contrario, lo más seguro es que caigan, estimados candidatos, en la tentación de prometer que su gobierno se hará cargo personalmente de la seguridad de todos y cada uno de los ciudadanos del país y erradicarán la violencia en todas sus formas.

¿Por qué no deben prometer que resolverán los problemas de seguridad del país con el poder de su personalidad y su firma en un decretazo? Porque no podrán hacerlo. No es una cuestión de motivación o de falta de compromiso con causas imposibles; se trata de una realidad conocida y bastante terca. Consideren cuatro hechos simples—y tres gráficas al respecto.

Hecho simple 1: Los delitos federales son un porcentaje ínfimo de los delitos que se denuncian y resultan en una investigación—que a su vez, son un porcentaje ínfimo de los delitos que de hecho ocurren. El Gobierno Federal no puede, legalmente, hacerse cargo de la investigación de los delitos del fuero común, que son prácticamente todos los que ocurren. Mucho menos, de los delitos que ocurren pero no se denuncian, que son unas 18 veces más que los que se denuncian (Gráfica 1.1).
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